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Monumento a Lisícrates

Monumento a Lisícrates (16)

Los llamados monumentos corégicos se construían, durante la Antigüedad, con la función de homenajear a los vencedores de los concursos de textos teatrales que se disputaban en el Festival de Dionisos. Los ricos promotores que patrocinaban a los grupos dramáticos eran llamados coregos, de ahí el nombre de los monumentos en su honor. Pues bien, en Atenas solamente queda un ejemplar intacto, y es el que se encuentra ante ti, el monumento a Lisícrates, y que da nombre también a esta apacible plaza. 

Esta plaza luce ostentosa esta pieza única, ya que se trata no sólo de un honor, sino hasta de un mérito, si lo miras bien, ya que el británico Lord Elgin hizo todo lo posible por llevárselo a Inglaterra, como consiguió con una importante parte de los mármoles de la Acrópolis. 

Tal vez te interesará conocer que los monumentos corégicos, además de proclamar noblemente a los vencedores de los concursos dramáticos, servía para albergar, en lo alto, habitualmente, los trofeos de bronce con los que eran recompensados. Si te fijas bien en el monumento que domina la plaza, no sabrás dónde se alberga exactamente el trofeo. No busques más, porque, curiosamente, el trofeo es lo único que no se conserva del monumento a Lisícrates. 

Esta sencilla obra data del año 334 a.C. Construido en mármol, está formado por un gran pedestal y unas gradas sobre las que se posa un pequeño templete que luce seis columnas con capiteles corintios. Sobre éstas, todavía, una cúpula de mármol y un cesto con hojas de acanto sobre el que debía ir colocado el trofeo de bronce. Pese a que su descripción parezca un abigarrado conjunto de capas de elementos distintos, el monumento emana una gran sencillez y elegancia. 

Si te fijas bien, podrás admirar cómo se conserva la inscripción que nos revela a quién está erigido el monumento. Cuenta que Lisícrates fue el mecenas del coro ganador en el concurso, y relata también quiénes integraban su equipo. El templete posee, además, un friso esculpido con escenas de la vida de Dionisos, como no podía ser menos en un monumento erigido al teatro.

Pero la historia de este monumento no termina aquí, y es que en un pasado más reciente estuvo también vinculado a otros ámbitos de las letras. Así, entre 1669 y 1821 este monumento albergó la biblioteca de los monjes franciscanos, e inspiró a autores del prestigio del romántico Chateaubriand y de la talla de Lord Byron, quien reconoce este monumento como origen de su inspiración para su poema Childe Harold. 

Esta plaza, pues, está tocada por la magia de las letras que parece transpirar el único e incomparable monumento a Lisícrates. Puede que un café en una de las terrazas pique más a tu bolsillo que en otro lugar cualquiera de la ciudad, pero si, a cambio, vas a encontrar la inspiración quizá merezca la pena, ¿no crees?

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