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Ágora romana y Torre de los Vientos

Ágora romana y Torre de los Vientos (22)

Si bien el Ágora Griega, una de las atracciones principales de Atenas, estaba dedicada al cultivo de las Humanidades y era símbolo de la activa vida cultural de la ciudad, el Ágora Romana, posterior, velaba por cuestiones más prácticas. Y es que, como es bien sabido sobre la Antigüedad, los romanos fueron una civilización menos espiritual y mucho más pragmática que la de los helenos. 

Para entrar a este recinto y visitar sus ruinas es necesario pagar entrada, y aunque, no lo vamos a negar, arqueológicamente es más pequeña y menos interesante que el Ágora griega, el lugar contiene un par de vestigios arquitectónicos interesantes. 

Las ruinas aquí apenas levantan dos palmos del suelo, y los gatos, perezosos, pululan entre los tambores que quedan en pie de las múltiples columnas jónicas que porticaban este inmenso patio de 112 metros de largo por 96 metros de ancho. En esta plaza, la actividad comercial bullía en el siglo I a.C., y el intercambio de productos locales, y de otros llegados desde todos los rincones del imperio marcaban el ritmo del Ágora y de su entorno. Hoy, conociendo el ajetreado pasado de este lugar, que también fue utilizado como mercado de trigo durante la dominación otomana, cuesta creer que el silencio reine entre estas ruinas. 

A esta plaza ribeteada, probablemente, de oficinas y tiendas, se accedía a través de dos propileos construidos en mármol pentélico entre los años 12 y 2 a.C. Uno de ellos, el occidental, contaba con cuatro columnas que soportaban la monumental puerta de Atenea Archegetis (“la que gobierna”). Al cruzar la puerta, el festival estaba servido: intercambios comerciales y actividades administrativas mantenían al ágora repleta de gente. Y si no, como pista, los restos de las letrinas públicas de mármol que se encuentran en el recinto, que tenían capacidad para 70 personas. ¿Conoces algún lugar público en la actualidad con tal cantidad de servicios? 

Un edificio te llamará la atención porque se trata, sin duda, del más interesante y mejor conservado. Su nombre es la Torre de los Vientos. 

Levantada en el año 40 a.C., esta original torre de ocho caras se encontraba coronada, en la Antigüedad, por una veleta que marcaba la dirección del viento. Se atribuye su construcción, también realizada en mármol pentélico, al arquitecto y astrónomo Andronicos Kyrrestes. La torre tiene más de doce metros de altura y casi siete de diámetro, y está cubierta, en lo alto, por una estructura piramidal. 

La torre estaba concebida para albergar no sólo un reloj de sol, sino también uno hidráulico, que se accionaba mediante un arroyo llamado Clepsidro, nombre que, desde entonces, e utilizó para denominar comúnmente a los relojes de agua. 

Si tecnológicamente hablando la torre es una pieza más que interesante, el arquitecto dispuso unos frisos en las ocho caras de la torre, decorados con los relieves de los ocho dioses de los vientos, cada uno de ellos identificado con su nombre en griego, y realizando una acción distinta. Así, con unos buenos prismáticos podrás identificar, si algo sabes de mitología y meteorología, a Céfiro, el viento del oeste, esparciendo flores, o a Bóreas, viento del norte, soplando en el interior de una concha. Esquirón, Lips, Noto, Euros, Apeliotes y Kaikias son los seis dioses restantes también representados en los frisos. 

Un consejo práctico: si has tenido suficiente con las ruinas de la Acrópolis y no estás interesado en visitar los restos arqueológicos de este ágora, no es necesario que abones la entrada, puesto que para admirar la belleza de la Torre de los Vientos no hace falta entrar en el recinto.

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