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Palau de la Música Catalana

Palau de la Música Catalana (35)

Más conocido simplemente como “el Palau”, lo encontrarás casi escondido en un recodo a la izquierda, bajando por Vía Layetana.

El Palau de la Música Catalana es un templo para la música. Y para el arte modernista. Diseñado en 1904 por Lluís Domènech i Montaner, la primera piedra se colocó el día de Sant Jordi de 1905 y se terminó tres años después.  Es uno de los ejemplos supremos del modernismo catalán y desde 1987 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Fue un encargo de la prestigiosa institución musical “Orfeó Català”, fundada en 1891 por Lluís Millet y Amadeu Vives, a quien se debe la recuperación de la música y la canción tradicional de Cataluña.

Inicialmente, ocupaba el limitado solar de un antiguo convento. Así que el arquitecto tuvo que ingeniárselas para conseguir que el auditorio encajase en la estrecha cuadrícula de las calles adyacentes y que el escenario de la sala tuviese la amplitud suficiente.

La ampliación, realizada en 2003 por el arquitecto Óscar Tusquets, permitió, tras la demolición de la iglesia colindante del antiguo convento, admirar mejor sus impresionantes fachadas. Ahora, puedes ver la luminosa vidriera original con la que Domènech i Montaner, obsesionado siempre por la luz, dotó a esta joya del modernismo.

El Palau de la Música, junto con la Pedrera, es considerado uno de los ejemplos supremos del Modernismo catalán por su arquitectura brillante, atrevida y suntuosamente decorada. 

Pero hay que pensar que estamos de suerte, porque toda esta maravilla de vidrieras, cerámicas y policromías, fueron muy criticadas en su época y, ya en los años veinte, empezó a ser cuestionado hasta el punto de que los vecinos lo llamaban "el palau de la quincalleria" (el palacio de la quincallería) y los arquitectos de la época pretendían su demolición. Afortunadamente, nunca consiguieron su propósito y el Palau se ha conservado, convirtiéndose en una de las últimas extravagancias del Modernismo

La obra vista y la policromía, a base de elementos cerámicos y mosaicos, quedan enmarcadas por un espectacular grupo escultórico de Miquel Blay en la esquina, que es una clara alegoría a la música popular,  una enorme proa de piedra, dos muchachos y dos ancianos abrazando a una ninfa mientras Sant Jordi (san Jorge) los protege con la bandera catalana ondeando al viento. 

Son curiosas también las enormes columnas huecas que albergaban antes las taquillas en su interior.

Y si atractivo es el exterior, el interior ya hace honor a su denominación de joya. El recargado vestíbulo, las bóvedas revestidas de azulejos y la escalera doble con balaustres de vidrio dorado constituyen un aperitivo de lo que vas a encontrarte un poco más allá. Esculturas, azulejos, vidireras, mosaicos y elementos decorativos que juegan, constantemente, con la percepción de la luz y el color. Las esculturas alegóricas del escenario parecen cobrar vida en cuanto se iluminan. 

Una herradura aérea, diáfana y todo coronado por su enorme claraboya de vidrio, que es ya el símbolo del lugar. De una tonelada de peso fue obra de Rigalt y Granel. Esta maravilla del arte suntuario representa un coro de ángeles femeninos rodeando al sol.

En la sala destacan los motivos florales, que presiden todos los elementos ornamentales, tanto en el techo como en las vidrieras.

El escenario es, sin duda alguna, la escultura más espectacular del Palau. 

En el proscenio se puede observar un curioso conjunto realizado en piedra pómez diseñado por Domènech i Montaner pero labrado por Dídac Massana y Pau Gargallo. A la izquierda, el conjunto cuenta con un busto de Josep Anselm Clavé y una alegoría de las flores de mayo, que representan la música popular. A la derecha, el busto de Beethoven personifica la música universal. Por encima del busto de Beethoven, las valquirias de Wagner cabalgan hacia Clavé, simbolizando la relación de la nueva música con la antigua cultura musical popular catalana. 

El escenario se completa con un espectacular órgano aleman. Y en el hemiciclo, diseñado por Eusebi Arnau y realizado en trencadís, destacan las dieciocho hermosas esculturas que representan las musas de la música junto a un sorprendente escudo de Austria. Una balconada y una columnata de influencia egipcia contribuyen, modestamente, a embellecer la sala, verdadero santuario de la música, en la que han actuado intérpretes de primera categoría. 

Oír música desde cualquiera de sus rincones es un acto casi místico, pues la luz, la decoración y el ambiente, recrean la intimidad de una sala de música particular. 

Si puedes escuchar su órgano, restaurado en 2004 gracias a una campaña por suscripción ciudadana, puede ser ya para el éxtasis.

Es sin duda el gran templo de la música catalana. Pero te sentirás como en casa.

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