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San Nicolás de Malá Strana (Sv. Mikulás)

San Nicolás de Malá Strana (Sv. Mikulás) (40)

La plaza de Malá Strana no es una, sino varias, ya que se halla dividida por la imponente iglesia de San Nicolás, que con su imponente envergadura reúne todas las miradas y atrae a muchos visitantes.

Donde ahora ves este templo suntuoso hubo anteriormente una iglesia gótica, que databa de 1283. Después de la victoria católica en la batalla de la Montaña Blanca, Fernando II de Habsburgo otorgó esta iglesia a los jesuitas, que la reformaron a la manera barroca, empleando para ello el talento de toda una estirpe de arquitectos.

Las obras comenzaron en 1653 y al acabar el siglo XVII ya estaban terminadas la parte este, oeste y norte, a cargo de Domenico Orsi de Orsini y Carlos Lurago. Pese al trabajo de muchos artistas y autores, San Nicolás de Malá Strana se considera la obra cumbre de los principales autores del barroco pragués, los arquitectos Christoph y Kilian Ignaz Dientzenhofer, padre e hijo respectivamente, y de Anselmo Lurago, yerno de este último. Los Dientzenhofer nunca pudieron disfrutar de la visión de su obra completa, ya que ambos murieron antes de que la iglesia estuviera terminada.

Se considera que la fachada y la nave son obra de Krystof Dientzenhofer, entre 1793 y 1717. La fachada tiene una forma curvilínea llena de gracia con una estatua de san Pablo, realizada por John Frederick Kohl. En la nave, destaca la colocación oblicua de las columnas, que proporciona una gran sensación de ritmo.

Por su parte, Kilián Ignac Dientzenhofer realizó el coro y la cúpula entre 1737 y 1752. Fue Anselmo Lurago quien añadió el campanario en 1755 y dirigió toda la decoración interior, encargada a los mejores artistas del momento, con lo que se dio por concluida la obra. En el siglo XX, la iglesia de San Nicolás fue sometida a un profundo proceso de restauración, para reparar el daño causado durante siglos por la humedad y el clima.

Una vez entres en la iglesia, tu visión será inundada por un estallido de color dorado. No es de extrañar, por tratarse de una iglesia barroca que quiere celebrar en todos sus detalles el triunfo y el esplendor del catolicismo.

Por ejemplo, en la cúpula, con sus espectaculares 70 metros de altura, luce el fresco “La celebración de la Santísima Trinidad”, realizado entre 1752 y 1753 por Franz Palko. Una de las exigencias de este artista fue que nadie viera su obra antes de estar totalmente acabada. Uno de los jesuitas del templo no pudo resistir la tentación y cuentan que, como revancha, Franz Palko puso su rostro a uno de los pescadores del fresco.

El púlpito es obra de Richard y Pete Georg Prachner y data de 1765. Destaca por el hecho de no tener escalera y por su decoración, con querubines dorados.

En las cuatro esquinas del crucero están las estatuas de los padres de la iglesia, realizadas por Frantisek Ignác Platzer a mediados del siglo XVIII. Son san Basilio, san Juan Crisóstomo, san Gregorio de Nacianzo y san Cirilo, ocupado en la tarea de matar al diablo con su báculo.

También de Platzer es la escultura de cobre de san Nicolás, a quien la iglesia está dedicada. Está ubicada en el altar mayor y debajo verás un cuadro de san José pintado por Lukas Kracher, autor del fresco de la nave. Las esculturas de las capillas laterales son casi todas obras de Platzer.

No dejes de elevar la mirada para disfrutar de la que todavía hoy es la mayor pintura de la ciudad de Praga con sus 1.500 metros cuadrados. Se trata de la “Apoteosis de san Nicolás”, una sucesión de escenas de la vida del santo, realizada por Jan Lukas Kracker mediante la técnica de la incisión en el enlucido fresco. De esta manera es posible aportar una gran vivacidad a la obra. Del mismo autor son las pinturas de los muros de la nave principal.

Esta iglesia aloja un gran órgano barroco a cuya banqueta se sentó uno de los mayores genios de la historia de la música. Fue el mismo Wolfgang Amadeus Mozart quien tocó aquí con motivo de su estancia en Praga en 1787. A la noticia de su muerte en la más absoluta pobreza, unas 4.000 personas se reunieron en San Nicolás para homenajearlo.

Cuando te encuentres en el barroco y alegre interior de San Nicolás, y si tu visita no coincide con un día especialmente concurrido, puedes cerrar los ojos e intentar recordar algunas de las melodías más célebres de Mozart. Si logras concentrarte, será casi como volver atrás hasta la Praga del siglo XVIII.

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