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Palacio Wallenstein (Valdstejnsky Palác)

Palacio Wallenstein (Valdstejnsky Palác) (43)

La historia del palacio Wallenstein es la historia de un sueño y una ambición. El que tenía que ser su dueño, Albrecht von Wallenstein, no vivió para gozar de su obra terminada y sin embargo nos ha legado una de las construcciones más hermosas de Praga.

El duque Wallenstein, que vivió en el siglo XVII, pronto tuvo claro que su mayor aspiración era convertirse en alguien rico y poderoso. Así, tanto su primer matrimonio con una viuda adinerada como el segundo con una mujer de la nobleza le fueron acercando a la corte de Fernando II.

Wallenstein creó un ejército que puso a disposición del emperador y poco a poco se fue convirtiendo en su persona de confianza además de su mejor hombre de armas. Los soldados de Wallenstein conquistaron numerosas victorias en la guerra de los Treinta Años. Por diversas circunstancias y casualidades familiares, acabó atesorando una inmensa cantidad de propiedades y ostentando numerosos títulos como el de duque de Friedland, príncipe de Sagan y jefe de guardia de las tierras de Bohemia.

Pero con sus 24.000 soldados y su desmedida ambición, Wallenstein fue convirtiéndose en una amenaza para el emperador, quien no veía con buenos ojos su acumulación de poder. De hecho, se dice que Wallenstein aspiraba a la corona de Bohemia y que la había empezado a negociar con suecos y sajones.

Fernando II, convencido de que era mejor perder un colaborador que perder la corona, no dudó en ordenar su muerte. En efecto, en 1634 el duque Wallenstein acabó sus días asesinado a manos de mercenarios contratados por el emperador.

Viendo su posesión más preciada, el palacio Wallenstein, parece razonable sospechar que algo tramaba su propietario. De hecho, este magnífico conjunto arquitectónico no sólo tenía que servir de residencia al duque sino que debía hacer sombra al propio castillo de Praga. Para construirlo hubo que demoler 23 casas, tres jardines y una fábrica.

Sus arquitectos, Andrea Spezza, Niccolo Sebregondi y Giovanni Pieroni, le dieron un aire del renacimiento tardío. En la sala Terrena, un pabellón con vistas al jardín, se aprecia un estilo manierista con pinturas y estucos que representan escenas de la guerra de Troya y de la Eneida.

En el salón principal, de dos pisos de altura, el duque Wallenstein quiso satisfacer su vanidad representándose a sí mismo como el dios Marte conduciendo un carro de combate.

El palacio vivió obras de restauración y reformas a principios del siglo XIX y es la sede del Senado desde 1945, año en que lo confiscó el Estado.

Los vastos jardines barrocos están abiertos al público y bien merecen tu visita. En el centro de un gran estanque verás una estatua dedicada a Hércules. Además, hay varias esculturas de bronce que son una réplica de las que realizó el artista Adriaen de Vries. Las originales fueron saqueadas por los suecos en la guerra de los Treinta Años.

Algunos pabellones son hoy en día salas de la colección del Museo Nacional dedicadas a la pedagogía. Detrás de la antigua escuela de equitación, puedes visitar la galería temporal del Museo Nacional.

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