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Burano

Burano (49)

Si el nombre de Murano es sinónimo del vidrio, el de Burano, otra de las islas de la laguna, lo es del encaje. Situada cerca de Torcello, a unos 40 minutos de distancia de Venecia en vaporetto, vale la pena acercarse a este entrañable rincón de sólida tradición pesquera, aunque sólo sea por unas pocas horas.

Al llegar al embarcadero, te darás cuenta de que uno de los principales rasgos que distingue Burano es el despliegue de saturados colores que ofrecen las fachadas de sus pequeñas y sencillas casas. Alineadas como una carta cromática, devuelven a la calle una explosión de alegría que se debe, en parte, a la singular manera en la que la luz trata aquí el entorno.

Mientras los pescadores son cada vez más escasos, el encaje, aunque lejos del esplendor de otros tiempos, sigue gozando de buena salud y, de hecho, todavía podrás ver, mientras paseas por estas tranquilas calles, a mujeres practicando el sublime arte de la aguja de coser frente a sus casas. 

Sin embargo, no te fíes de las económicas piezas que se venden en la mayoría de tiendas de la Via Baldassare Galuppi, la calle principal de Burano, ya que el encaje, como laboriosa artesanía que es, tiene un precio. Así que lo que de entrada podrías considerar una ganga con seguridad proviene de alguna fábrica del Lejano Oriente.

La historia del encaje en esta isla se remonta hasta el siglo XV, pero su verdadera consolidación llegó en el siglo XVI, cuando las mujeres que se dedicaban a bordar llegaron a tal grado de perfección en su actividad que el delicado tipo de punto que realizaban se llegó a denominar punto in aria, es decir, “punto en el aire”.

Como detalle curioso, una arraigada leyenda local dice que el origen de esta actividad artesana se debe a que un pescador que había resistido al canto de las sirenas fue recompensado por la reina de éstas. Esta sirena dio un coletazo en la barca, y de la espuma del mar salió entonces un bello velo bordado, que la novia del pescador llevó el día de su boda. Muertas de envidia por la belleza del paño, las demás mujeres de la isla habrían intentado desesperadamente copiar la hermosura del velo, iniciando así la tradición del bordado.

Con el tiempo, la competencia extranjera y el final de la República de Venecia en 1797 condenaron a estas manufacturas a un proceso de decadencia. No obstante, esta industria se reavivó en 1871, cuando la condesa Andriana Marcello creó la Scuola dei Merletti, la Escuela de los Encajeros. 

Hoy, el edificio de esta escuela es la sede del Museo dei Merletti, que recorre los siglos de historia del encaje en esta isla, y que reúne cerca de 80.000 valiosas piezas, entre creaciones autóctonas y del resto de puntos de Venecia. 

Junto a la extensa documentación que ofrece gracias a su archivo, el Museo dei Merletti te sorprenderá porque mantiene vivas las costumbres de Burano gracias a que aquí pueden verse encajeras trabajando.

Para redondear tu visita, acuérdate de la herencia pesquera de Burano y, si hace buen tiempo, siéntate a comer en la terraza de alguna de las trattorias que aquí abundan. El delicioso pescado a la plancha puede que incluso te haga meditar sobre la posibilidad de comprar ese mantel que antes te parecía tan caro.

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