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Ca d’Oro

Ca d’Oro (21)

El largo desfile de joyas arquitectónicas que supone un descenso por el Gran canal merece una parada especial en un estupendo palacio llamado Ca’ d’Oro, es decir, la Casa de Oro. El nombre proviene de la ornamentación dorada que antaño le confirió un especial esplendor a la fachada del palacio.

El edificio comparte con el Palazzo Ducale el hecho de ser la mejor muestra del estilo gótico florido veneciano. Pese a que el aspecto actual de Ca’ d’Oro es el resultado de una accidentada historia, sigue dándonos a entender a la perfección el grado de esplendor que debió de ofrecer en el siglo XV, cuando fue construido.

Con la mente fijada en edificar la residencia más suntuosa de toda la ciudad, el primer dueño del palacio, Marino Contarini, se rodeó en 1420 de los más importantes arquitectos y artesanos de la época para asegurarse de obtener los mejores resultados. De ahí que Ca’ d’Oro fuese diseñado por Giovanni y Bartolomeo Bon, mientras que la espléndida decoración contó con los esfuerzos de artesanos a las órdenes de Matteo Raverti.

Con su simetría y sus aires orientales, la fachada es uno de los puntos fuertes del edificio. En ella, las ventanas conopiales, semejante a un cortinaje, y los pináculos conviven con detalles policromados y una cautivadora tracería en mármol.

Después de un lapso de tiempo en el que el palacio cambió varias veces de manos y llegó a estar prácticamente abandonado, el peor momento que vivió el edificio fue a mediados del siglo XIX. En 1846 lo compró el príncipe ruso Troubetskoy para su amada, la bailarina Maria Taglioni. Fue entonces cuando sus nuevos dueños impulsaron una serie de remodelaciones que por poco acaban con el espíritu original de Ca’ d’Oro. Sin ir más lejos, vendieron un bello brocal obra de Bartolomeo Bon y arrancaron una característica escalinata.

Sin embargo, las aguas volvieron a su cauce cuando en 1894 compró el edificio el barón Giorgio Franchetti. El aristócrata, conocido por su papel de mecenas de las artes, puso todo su empeño para subsanar las barbaridades arquitectónicas que se habían cometido. De ahí que se restaurase la fachada, de la que se había retirado parte de la piedra tallada, y que se recuperase tanto la escalera como el brocal que habían desaparecido del patio.

Finalmente, en 1916 el barón donó al Estado tanto el palacio como los fondos de sus colecciones de arte, y en 1927 Ca d’Oro abrió sus puertas al público reconvertido en museo. 

En sus dos plantas podrás contemplar desde muebles góticos y tapices flamencos hasta esculturas del Renacimiento. No obstante, son especialmente importantes sus muestras de pintura veneciana, entre las que destacan La Anunciación y El tránsito de la Virgen, de Vittore Carpaccio y, sobre todo, San Sebastián, de Andrea Mantegna.

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