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Historia de Venecia

Historia de Venecia (1)

Aunque el nombre de Venetia aparece por primera vez en la historia en el siglo I a.C. cuando denominaba a una antigua región del Imperio Romano, los orígenes de la ciudad no están muy claros.

La región fue antiguamente habitada por los vénetos, y según se dice, este pueblo, ahuyentado por el devastador paso de tribus germánicas como los godos, buscó refugio en las islas de las laguna que actualmente forman Venecia y fundó en el siglo V los cimientos de la ciudad. La actual zona de Rialto constituiría, de esta manera, uno de los primeros asentamientos.

Formando parte del Imperio Bizantino, Venecia empezó a organizarse como República en el año 697, cuando eligió por primera vez un dux de entre los miembros de las familias nobles.

Con el tiempo, el comercio y la participación de Venecia en las Cruzadas permitió un crecimiento económico y militar inusitado, que queda demostrado a través de hechos históricos como la mediación en la paz entre el papa Alejandro III y el emperador Federico I Barbarroja en 1177, o la toma de Constantinopla en 1204, que proporcionó fabulosos botines a la República.

Los siglos XIII y XIV fueron una turbulenta época de conflictos con otras entidades políticas, como por ejemplo Génova, que se erigió como principal rival para la expansión comercial de Venecia por el Mediterráneo. Sin embargo, el poder militar de los venecianos, unido a su envidiable organización política, articulada a través de la figura del dux y de organismos como el Consejo de los Diez o el Gran Consejo, fueron de gran apoyo para mantener su condición de potencia marítima.

Acuciada por la terrible epidemia de peste de 1348 y por las presiones de potencias vecinas como Florencia, Ferrara o Milán, Venecia se consolidó pese a tener que librar la dura Guerra de Chioggia frente a Génova y sus aliados, Padua y Hungría. El enfrentamiento se zanjó en 1381 con la Paz de Turín, que pese a que no fue favorable a ninguno de los dos bandos marcó el final de la amenaza genovesa.

Una vez recuperó la supremacía en el Adriático, entre finales del siglo XIV y principios del XV Venecia se centró en marcarse nuevos tantos, como la conquista de Corfú o el establecimiento definitivo de una colonia en Dalmacia. 

El siglo XV significó por un lado la incorporación de territorios en tierra firme, como Verona o el Friul, y por el otro una constante lucha contra el incesante avance de los otomanos, que en 1453 se habían apoderado de Constantinopla y estaban consolidando su avance por el este de Europa.

Las ansias anexionistas de Venecia fueron castigadas en 1508, cuando se constituyó la Liga de Cambrai, formada por las fuerzas del papa Julio II, Francia, España, Hungría, el Sacro Imperio Romano Germánico de Maximiliano II y algunos aliados italianos, como Florencia o Mantua. Esta alianza aplastó a las fuerzas venecianas en la batalla de Agnadello, en 1509, y frenó definitivamente su avance por la Península de Italia, lo que puso en serio peligro a la República.

Combinando unos inteligentes esfuerzos diplomáticos con una nueva condición de neutralidad en los conflictos internacionales, Venecia recuperó en poco tiempo las posesiones perdidas tras Agnadello, pero no volvió a ser lo que era, y paulatinamente fue perdiendo colonias del Mediterráneo, como Chipre o Morea.

Sin embargo, el progresivo desmoronamiento político y militar de la Serenísima República de Venecia como potencia en el exterior coincidió con un notable florecimiento del arte y la cultura de la ciudad. Con grandes figuras artísticas, encabezadas por la gloriosa tríada de pintores formada por Tiziano, Tintoretto y Veronese, Venecia encabezó, junto a Florencia y Roma, el Renacimiento italiano.

Durante los siglos XVI y XVII, el formidable esfuerzo militar contra las incursiones turcas fue un duro golpe para los contribuyentes venecianos, que veían como las arcas del Estado se iban vaciando inexorablemente. A esta delicada situación se unió una gravísima epidemia de peste en 1630 y un notable descenso en las transacciones comerciales de la República. 

El siglo XVIII, famoso por los decadentes excesos del Carnaval, vio nacer una creciente desconfianza en las instituciones de gobierno que tradicionalmente habían regido el destino de Venecia. Esta falta de fe desembocó en la caída de la República, que se concretó en 1797 cuando Napoleón conquistó la ciudad y acabó con el poder del dux. El siglo XIX fue una época oscura para Venecia, que como si de una simple moneda de cambio se tratase fue pasando varias veces de manos de Napoléon al rígido y autoritario dominio austríaco.

Uno de los mayores eventos en la historia de este territorio tuvo lugar en 1866, cuando, tras haber apoyado a Prusia, el rey del recientemente constituido reino de Italia recibió Venecia y sus territorios como compensación.

El brusco cambio marcó, por tanto, que los venecianos obtuvieran la tan ansiada liberación del yugo austríaco, pero como contrapartida perdieron su ancestral independencia para integrarse en una nueva entidad política que acabaría consolidándose en 1871.

Pese a que, entre finales del siglo XIX y principios del XX, se impulsó un proceso de industrialización de la zona y se crearon los nexos ferroviarios y por carretera con tierra firme, Venecia ha permanecido ostensiblemente impasible a los cambios de la modernidad, lo que, en cierta manera, es positivo, ya que sus exquisitos tesoros arquitectónicos y artísticos son un patrimonio de lujo para la humanidad. 

Sin embargo, son muchas las personas que manifiestan su preocupación por el futuro de esta urbe, que debe empezar a responder de manera contundente a retos como la polución, las inundaciones y, sobre todo, la progresiva emigración de una población joven acuciada por el excesivo precio el suelo y el constatable hecho de que Venecia es, hoy en día, y pese a su agitada vida cultural, de la que destacan la Mostra de cine o la Biennale de arte, una ciudad pensada esencialmente para el turismo y el sector servicios.

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