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Historia

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La mayor y más importante ciudad de Austria se fundó hacia el año 500 a.C., y por aquellos entonces era un núcleo de población celta. Con el tiempo, cayó, como gran parte de Europa, bajo influencia del Imperio Romano. Fue así como se estableció, en el año 15 a.C., el campamento de Vindobona con el objetivo de mantener a raya a las tribus germánicas que vivían más allá del Danubio.

En el siglo II, la guarnición de Vindobona empezó a ser azotada por estas tribus, y en siglos sucesivos fue destruida en varias ocasiones, con algunos paréntesis en los que logró crecer. Los ávaros, que habían conseguido hacerse con el poder en la ciudad, fueron derrotados por Carlomagno en el siglo VIII. El rey franco añadió entonces estos territorios, y todos los que formaban la Ostmark, la Marca del Este, a su enorme imperio.

En el año 962, el emperador Otón I, que había derrotado a los húngaros, estableció el Sacro Imperio Romano Germánico y su sucesor, Otón II, cedió el poder sobre la Ostmark a la familia noble de los Babenberg, que con el tiempo irían consolidando la importancia de la ciudad, ya que durante el siglo XII, Enrique II trasladó su residencia a Viena. Hacia el año 1200 se empezaron a levantar las murallas.

En 1246 tiene lugar una notable crisis de poder, ya que muere el último de los Babenberg, Federico II, y surge la necesidad de encontrar a un sucesor. Tras diversos enfrentamientos, Otakar II de Bohemia se hizo con el trono de Austria, pero el poder de su dinastía no sería duradero. 

En 1278 comienza el vínculo de las tierras austríacas con los Habsburgo, ya que fue elegido rey Rodolfo I. Pese a encontrar ciertas reticencias de los vieneses en un principio, los Habsburgo se consolidan y durante el siglo XIII empiezan a construir en la ciudad el núcleo de la fortaleza de Hofburg.

Ya en el siglo XV, los Habsburgo, que ostentaban el título de emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico, gobernaban desde Viena media Europa gracias a los hábiles esfuerzos de unión dinástica que propició Maximiliano I. Al llegar el siglo XVI, el sumo poder de los austríacos contrasta con las diversas amenazas que penden sobre él, como el debate entre el catolicismo y el protestantismo o el inquietante avance de los turcos.

En 1529 tiene lugar un acontecimiento clave, ya que las fuerzas que defendían la ciudad demostraron una resistencia heroica frente a las tropas del sultán Solimán II, que se ve obligado a replegar sus ejércitos.

El triunfo de la Contrarreforma y los conflictos bélicos marcaron gran parte del siglo XVII. Pese a librarse entre 1618 y 1648 la Guerra de los Treinta Años, el poder de los Habsburgo salió reforzado. Tras la nueva derrota de los turcos, que, capitaneados por Kara Mustafá, habían plantado un duro sitio a la ciudad en 1683, Viena vivió una auténtica época dorada, en la que florecieron la cultura y las artes.

De esta época datan los estupendos edificios barrocos de Johann Bernard Fischer von Erlach y de Johann Lukas von Hildebrandt, dignos símbolos de la capital de un imperio.  Estos gloriosos tiempos para la cultura se mantendrían en el siglo XVIII, cuando, durante el reinado de María Teresa, la ciudad se llenó de grandes músicos, como Mozart o Gluck.  

El comienzo del siglo XIX fue más bien irregular par la ciudad, ya que fue ocupada en diversas ocasiones por las tropas de Napoleón Bonaparte. Finalmente, Francisco II renunció al título de líder del Sacro Imperio Romano Germánico. Al disolverse esta institución política en 1806, Francisco II fundó el Imperio Austrohúngaro y se convirtió en Francisco I. 

En 1815, superado el humillante trance de las ocupaciones francesas, y tras la derrota definitiva de Napoléon, Viena vuelve a vivir unos años de esplendor. Es la denominada época Biedermeier, que se extiende hasta 1848, año en el que el canciller Metternich fue derrocado por una revolución en sintonía con los movimientos similares que se habían producido a lo largo y ancho de Europa.

Hacia la década de 1850, bajo el reinado de Francisco José la ciudad ya tenía cerca de medio millón de habitantes, y se impulsó un importante proceso de remodelación, que tuvo como principl acción la demolición de las murallas y la creación del Ring, con la consiguiente construcción de los monumentales edificios que progresivamente fueron poblando esta vía. También se desarrolló el Donaukanal para evitar que se repitieran las inundaciones de 1862, año en el que el Danubio se había desbordado.

A principios del siglo XX Viena es ya una de las grandes capitales europeas, y presume de los estupendos artistas de la Secession, que llenan sus calles de bellos edificios modernistas. Viena conforma un crisol de culturas que representa a la perfección el conglomerado de naciones que forman parte del Imperio Austrohúngaro. Sin embargo, esta compleja entidad política no está exenta de tensiones, y en 1914, el archiduque Francisco Fernando, que está de visita en Sarajevo, es asesinado junto a su esposa por un nacionalista serbio. 

Este magnicidio supone la gota que colma el vaso y acaba desencadenando la Primer Guerra Mundial. El conflicto bélico acabará teniendo consecuencias nefastas para el Imperio, que, tras ser derrotado, es disuelto en 1918. 

Reducida a los territorios de la antigua Ostmark y privada de la opción de unirse con Alemania, Austria pasa de ser un enorme imperio a ser una pequeña república centroeuropea privada de salidas al mar. Viena vive la contradicción de ser una ciudad desproporcionada en tamaño y número de habitantes frente al reducido tamaño del país, que por aquellos entonces tiene 6 millones de habitantes. 

Los convulsos años de entreguerras, con enfrentamientos entre socialistas y cristianosociales, desembocan en 1938 en la invasión alemana que fuerza la Anschluss, la anexión del territorio austríaco a la alemania de Hitler.

Tras los complicados años de la Segunda Guerra Mundial, en 1945 las tropas soviéticas entran an la ciudad. La ocupación de los soviéticos y de los aliados se mantiene hasta 1955, año en que Austria recupera su soberanía. 

Poco a poco, la ciudad ha liderado el país en un proceso de recuperación que ha culminado en el envidiable estado actual. Viena, una de las capitales modélicas de la Unión Europea, se presenta hoy ante nuestros ojos como una ciudad moderna, sostenible y aderezada por una prestigiosa escena cultural representada por sus museos, su agitada agenda operística y sus estupendos artistas.  

A la cabeza en cuestiones como la ecología, la calidad de vida y el civismo, Viena conjuga a la perfección los sublimes testimonios arquitectónicos de sus glorias pasadas y las exigencias de una urbe contemporánea comprometida con el progreso constante.  

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